
Aunque la bajante del Río Uruguay trae un alivio momentáneo a la costanera, la respuesta del Ejecutivo municipal se reduce al anuncio de escenarios catastróficos sin la ejecución de obras de contención. Comerciantes, familias evacuadas y servicios esenciales pagan el precio de una gestión que reacciona tarde y posterga la infraestructura de fondo.
El Río Uruguay comenzó a dar una tregua frente al puerto de Concordia. Con registros que ubican la escala por debajo del nivel de alerta de los 11 metros, el agua empieza a retirarse lentamente, dejando a su paso la postal cotidiana del abandono: marcas de barro, troncos y vegetación esparcida por el césped del Parque Mitre y la franja del paseo lineal del arroyo Manzores. Sin embargo, detrás de la corriente que se repliega no hay tranquilidad, sino la confirmación de una problemática de fondo: la falta de previsión, la parálisis de obras de defensa y la ausencia de una gestión integral de infraestructura por parte del gobierno municipal encabezado por Francisco Azcué.
Mientras el cauce bajaba, las consecuencias inmediatas de la crecida ya habían golpeado a la comunidad. Seis familias debieron ser evacuadas y trasladadas de urgencia desde las inmediaciones del arroyo Manzores y del galpón Ex Bagley. A la par, la suspensión del suministro eléctrico obligó a la Cooperativa Eléctrica a desconectar más de 15 medidores, afectando tanto a las viviendas de los damnificados como a los puestos de comida rápida de la costanera, el alumbrado de la zona baja y las instalaciones de los clubes Regatas, Pesca y el predio recreativo del Centro de Empleados de Comercio. Lejos de ser un hecho fortuito, estos episodios revelan la vulnerabilidad sistémica de una ciudad que enfrenta la llegada del fenómeno climático de El Niño sin el respaldo de obras de contención y drenaje acordes a la magnitud del desafío.
Entre el presagio del desastre y la falta de soluciones
La estrategia del municipio frente al fenómeno meteorológico ha oscillado entre el monitoreo pasivo y la comunicación del pánico. Tras la reunión del Comité de Operaciones de Emergencia (COE), el propio intendente Francisco Azcué encendió las alarmas de la ciudad al advertir públicamente que los pronósticos para los próximos meses «no son buenos». Al señalar que la crecida más severa se registraría entre septiembre y marzo, proyectando un nivel del río que alcanzará «como mínimo, los 14,50 o 15 metros», la gestión local dejó en evidencia su propio diagnóstico de impotencia.
En lugar de aprovechar los períodos de estiaje para ejecutar trabajos de dragado, mantenimiento profundo de la franja costera y consolidación de las defensas existentes, el Ejecutivo municipal ha preferido situarse como un mero espectador que pronostica la catástrofe sin desplegar inversiones de infraestructura para mitigarla. Esta actitud de resignación institucional generó una profunda zozobra en el entramado comercial de la zona costera, golpeado por la incertidumbre de no saber si la administración local planea intervenir de manera preventiva o si simplemente esperará a que el agua vuelva a cubrir el paseo público.
El golpe a los comerciantes y la parálisis del espacio público
El impacto de la bajante y las amenazas de nuevas crecidas se inserta en un contexto socioeconómico ya de por sí crítico. Los comerciantes y gastronómicos de la costanera no solo deben afrontar los costos operativos de desconectarse de la red y limpiar las huellas del barro, sino también el desplome del consumo que castiga al sector a nivel general. La situación de los tradicionales puestos y kioscos de la zona refleja un deterioro fulminante, en un marco nacional donde la representación gremial del sector advierte el cierre masivo de miles de locales por el alza de costos y la caída de ventas.
En Concordia, a esa crisis económica se le suma el condimento de la desidia pública. Durante las jornadas de tormenta, la difusión de falsas versiones sobre una inundación total de la costanera derivó en la concurrencia espontánea de curiosos que se acercaron a observar el avance del río, sumando malestar entre los gastronómicos que ven cómo el morbo y la falta de control urbano reemplazan al flujo turístico habitual. La falta de un plan de contingencia municipal que resguarde el paseo costero y brinde certezas al sector productivo deja a los emprendedores a la deriva.
Una gestión de paliativos frente a un problema estructural
La llegada de El Niño era una variable conocida y anunciada con meses de anticipación por los organismos técnicos. A pesar de contar con la previsión temporal necesaria para planificar intervenciones en la ribera y fortalecer la infraestructura de los barrios ribereños, el gobierno de Francisco Azcué transitó su gestión sin encarar las obras necesarias para proteger el patrimonio de la ciudad.
El retiro paulatino de las aguas no borra la inacción política. Las cuadrillas de asistencia de última hora y la reconexión de servicios esenciales no sustituyen la ausencia de un proyecto urbano integral para la costanera.
Mientras las previsiones meteorológicas anticipan meses complejos para la cuenca del Río Uruguay, Concordia continúa expuesta a las inclemencias del clima, atrapada entre la retórica del pánico y una gestión municipal que sigue sin dar respuestas en materia de obras e inversión pública.